viernes, mayo 31, 2013

Tec-NO-logía


Yo no quiero una vida simple.
Nos tomó millones de años llegar a ser lo que somos, como todo en la naturaleza, y no fue mediante simplezas ni facilismos. Hablamos de un esfuerzo inimaginable.

Nos tienen cogidos de las "tarlipes" con el consumismo tecnológico hasta tal punto, que hemos terminado por faltarnos el respeto a nosotros mismos. ¿Es en serio? ¿ya no fue suficiente con los eternos kilos de más que nos echamos al código genético en el preciso momento en que aceptamos usar el "control remoto" para no pararnos de la cama ni para cambiar de canal?
Claro, ahora la vida es cada vez "más fácil".
En breve, todos estos aparatos que funcionan con la voz o con la pupila nos dejarán las extremidades de adorno... ¿o las usaremos para hacer al mismo tiempo otras diez cosas como chatear, jugar, navegar, etc.? Gran hazaña. Saludable hazaña... mientras seguimos viendo tv.

No, gracias.
Yo prefiero estar afuera. Adentro no.
Afuera están el movimiento, el riesgo, el sabor, el viento, la música y la vida.

Yo prefiero una vida complicada, llena de asuntos que resolver y de situaciones difíciles que me desafíen a cada momento y me permitan aprender y desarrollar todas mis capacidades.
Quiero sentir que el tiempo se me escapa para correr tras él y gozar cuando lo conquisto y hago de él mi aliado, disfrutar de mi familia y amigos despues de trascender el agotamiento de una excitante jornada, salir a caminar y conocer gente.

Hay una regla universal: el organismo que se adapta al medio... evoluciona.

Pero pienso que con tanta "muleta" disponible, pronto mucha gente y las nuevas generaciones serán incapaces de hacer cosas que hoy todavía son comunes (gracias a Dios), como hablar en público, recordar números telefónicos (digo, recordarlos usando el cerebro), sostener conversaciones de más de 5 minutos, ir a la bodega a comprar... (¿masticar? ¿gozar de tonicidad muscular? ¿tener flora intestinal?)
Realmente disfruto más de escribir a mano y con lápiz. El lapicero es uno de los más importantes y caletas símbolos de la modernidad (no digo contemporaneidad porque en este contexto ya son obsoletos). El lapicero deja una huella tan uniforme, plana y estable como aburrida, monótona e insensible.
El lápiz, en cambio, es dulce, plástico, sensible y lleno de vida. Transporta fielmente el estado de ánimo y está absolutamente integrado al gesto emotivo de nuestra psicomotricidad.

¡Qué placer sentimos la primera vez que lo hicimos nuestro amigo! cuando aprendimos a escribir, a hacer nuestros monigotes o palotes...

Y de escribir, pasamos a leer.
Hablar, leer, escribir. Orden divino.

Inmediatamente lo conquistamos nos enteramos que había que ir de retroceso: nuevamente escribir, para poder leer mejor y al final, perfeccionar nuestro hablar. Cíclo divino.
Devoramos cuanto libro y revista nos abriera al mundo. Mano, dedo, ojo, nariz, cerebro. Todo nuestro ser involucrado.
¿Recuerdas el olor de los libros?

Larga vida al lápiz, a los libros y revistas y a las veredas interminables de la vida, a las personas que aún no conozco y a los lugares que aún no visito.
LARGA VIDA A LA VIDA VIDA.

Capm.

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